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Un texto no es sólo su contenido, también es su forma, su corrección, su legibilidad. Poderosos contenidos se han perdido por falta de claridad en la expresión.
¿Cuántas veces nos encontramos con un texto que no somos capaces de desentrañar, y no por la complejidad de su contenido, sino por carencias en la expresión?
Cuando uno decide acometer la tarea de escribir un texto (y textos son desde los, ya consabidos, literarios, hasta una carta al administrador de la comunidad, un artículo para una guía de ocio, un trabajo universitario o una carta de amor), entra en terreno farragoso. Entonces, a veces, es necesario acudir al diccionario, a la gramática o a un corrector. Porque, a pesar de que una vez acabado el texto aparece como algo cerrado, pulido, limpio y sin fisuras, en su construcción hemos tenido que ensuciarnos las manos.
El proceso de escribir me recuerda los preparativos para una fiesta. No sabes a cuánta gente invitar, ni qué menú escoger, ni qué mantel poner... ensucias ollas, platos, vasos, cucharas y cazos. Derramas aceite, lo pisoteas, resbalas, vas por los suelos, sueltas cuatro palabrotas, maldices el día en que se te ocurrió la feliz idea de complicarte la existencia. Finalmente, llegan los invitados y todo está limpio y reluciente, como si nada hubiera pasado. Los amigos te felicitan por el banquete y tú sueltas una de esas frases matadoras: «nada..., total media hora... ¡todo lo ha hecho el horno!»
Daniel Cassany, La cocina de la escritura.
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